No, el algoritmo no matará al editor

Hace unos días se publicaba en El País un artículo que bajo el titular «El algoritmo desafía al instinto en la toma de decisiones» rezaba: «Los grandes grupos empiezan a apoyarse en el análisis del big data para identificar cómo son sus lectores y qué títulos quieren para acortar el margen comercial de error».

El artículo lanzaba una pregunta al aire: ¿supone esto la muerte del editor más tradicional? Y mi opinión al respecto, que desarrollo en este post, es que no. Porque una cosa son los editores y otra los publishers, y porque los grandes grupos llevan tiempo mercantilizando la literatura y eso no ha impedido que muchos proyectos independientes siguieran adelante, con grandes editores a la cabeza.

Pero, ¿qué es un publisher?

En nuestra lengua, la palabra editor engloba muchas tareas distintas que pueden desgranarse si le ponemos apellido o la traducimos al inglés. Si nos centramos en la definición ideal del oficio del editor (la definición clásica, por así decirlo), podríamos decir que este es un empresario que produce un bien (el libro-objeto como continente de una obra) y lo vende, y que para hacerlo supervisa o se encarga de todas las etapas del proceso: edición del manuscrito, impresión, distribución y márquetin.

Sin embargo, con el crecimiento de las editoriales y la especialización de la profesión, esta figura se ha desgranado en muchas otras: el director editorial, que se encarga de sondear el mercado y contratar los derechos de las obras que se publicarán, y que trabaja con la mirada puesta en el futuro; el editor de mesa, que trabaja codo a codo con el autor y se encarga del editting de la obra, es decir, de las operaciones necesarias sobre la misma para obtener su mejor versión; el editor técnico o maquetista, que es el que da forma al contenido para plasmarlo en el libro; y, por último, el publisher, que es aquella persona que posee una empresa editorial pero que no trabaja directamente con los libros, sino que ejerce solamente la dirección y gestión de la empresa.

Libros
Thought Catalog

Debido a la imparable imposición del capitalismo, que hace que en nuestra sociedad impere la ley del crecimiento y beneficio constante, muchos editores ideales han dado paso a unos editores inversores que centran sus publicaciones en aquello que les da beneficio y en la mercantilización feroz del negocio editorial: los publishers. Esto ha hecho que el sector editorial actual (y hablo sobre todo de la edición en España, aunque es un fenómeno mundial) se divida en dos bloques muy definidos y diferenciados: por una parte tenemos a los grandes conglomerados editoriales, empresas multinacionales con decenas de sellos bajo su nombre, que ocupan la mayor parte del mercado, centradas en las ventas. Y por otra tenemos a las pequeñas editoriales independientes (incluso microeditoriales), nacidas, en la mayoría de casos, del amor que sus creadores sienten por los libros, proyectos sumamente vocacionales que se convierten en todo un pequeño milagro si permiten que sus editores cierren el año con un saldo cero.

Si volvemos al editor ideal, como empresario que dirige un negocio, este necesita que sea rentable, que le de beneficios, o, al menos, le permita vivir de ello sin perder dinero. Así que el componente de persona de negocios asociada a la figura del editor es inevitable: lo quiera o no, deberá aprender de gestión empresarial, de gestión de derechos, de contratos, de regalías y de IVA; y también a publicar sin perder dinero si quiere seguir adelante con el proyecto.

Sin embargo, el libro no es un producto cualquiera, sino que se trata de un bien cultural. Eso implica que su creación adquiere una dimensión de responsabilidad social que no encontramos en otros productos, al menos no de forma tan marcada. Como mencionaba el editor alemán Siegfried Unseld (1924-2002) en su libro El autor y su editor, un editor tiene una responsabilidad cultural relacionada con el libro que publica. Por lo tanto, debe reflejar los procesos sociales y culturales que tienen lugar en la sociedad, además de publicar libros que fomenten la discusión y las teorías de progreso. Los libros influyen en la evolución de la sociedad, por eso, cuando un editor se plantea publicar un libro, nunca debería basarse solo en criterios económico, sino hacerlo pensando en lo que esa obra va a aportar y en si encaja con sus intenciones y las intenciones de la editorial, es decir, con su catálogo, si el libro tiene una razón de existir más allá del dinero que va a generar. Por lo tanto, no debe plantearse satisfacer solo las necesidades del público, sino crear nuevas: para un editor no basta con sondear el mercado con algoritmos para determinar qué títulos quiere el lector, sino descubrir joyas ocultas, talentos inéditos, obras novedosas para ese lector, ofrecérselas y darle razones para leerlas.

Un editor no es solo un fabricante de libros que tiene que cuadrar las cuentas a final de año, sino que su tarea implica dar un valor añadido a la obra del autor, mediante la corrección, maquetación, promoción y distribución, pero también por el hecho de actuar como seleccionador de esas obras con una clara intención cultural. Un editor no solo publica lo que le pide el mercado, sino que transmite unos valores y unas intenciones con sus publicaciones, ofrece lo que él o ella cree que el público necesita, no lo que el público cree necesitar.

Cuando hablamos de las intenciones que llevan a un editor a publicar un libro, estas pueden ser muy diversas: entretener, crear un conjunto de obras relacionadas con un tema, cubrir una necesidad, transmitir un mensaje, reivindicar algo. Las posibilidades son infinitas. Porque  hay muchos tipos de editores, al igual que hay muchos tipos de libros; no es lo mismo editar ficción, que cuentos infantiles, que libros de cocina o de arte. Pero todos ellos tienen algo en común: el amor por los libros por encima de todo lo demás.

No, el algoritmo no matará al editor. Porque aquel que use el algoritmo sin tener en cuenta las intenciones de la editorial, los valores y los objetivos que quiere alcanzar con ella, el que no concibe el elemento cultural y que solo se centra en obtener el mayor beneficio y rentabilidad de las obras no puede llamarse editor, solo productor de libros.

*Este artículo está escrito con el masculino neutro, pero quiero dejar claro en este punto que incluye también a todas las editoras que trabajan con mucho ahínco para crear editoriales estupendas con catálogos maravillosos y objetivos que merecen todo el reconocimiento y consideración. Sois muy grandes.

Publicado por Anna Roldós

Editora y escritora de fantasía y ciencia ficción.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: